Hoy miércoles después de asistir a un curso volví a ver a mi vecina para saber cómo estaba Flor. La situación era algo desesperante su casa era un infierno porque a pesar de haber intentado ubicarla nadie quería o podía darle tránsito. Por mi parte tampoco tenía buenas novedades, a pesar de difundir su foto, con tristeza descubrí que nadie la buscaba.
Siendo completamente honesta le confesé que estando a fin de mes ni siquiera podía contemplar la posibilidad de intentar ver si se adaptaba a mi gata y a mi perro, amante de los gatos, sin que estuviera vacunada. El trabajo de redacción online no es la base de una jugosa fortuna, menos a fin de mes, tampoco es que la inflación de los precios en Buenos Aires permita ahorrar. Sabía que podía alimentarla con el mismo alimento que consume mi gata pero no pagar vacunas.
Sin dudarlo me ofreció dinero para que la lleve a vacunar e intentar ver qué pasaba en mi casa, que si bien es pequeña, es más grande que la suya. Es decir, cuento con la ventaja de poder aislar a la gata en mi pieza. La veterinaria la revisó llegando a las siguientes conclusiones:
Carácter: muy dócil.
Edad: joven.
Estado de salud: bueno en general teniendo en cuenta que cargaba consigo un embarazo avanzado en cuestión de días llegarían los cachorros. Aunque se notaba que había pasado algo de hambre, no creía que hubiera vivido toda su vida en la calle.
Recomendación: darle un buen alimento balanceado para cachorros, ayudarla a tener un lugar donde parir tranquila, aislarla de los míos por la imposibilidad de vacunarla, o descartar otras enfermedades típicas de los felinos.
Por un instante estuve segura de tres cosas en mi vida:
1) Quien había sido tan cruel como para abandonarla era una mierda de persona, así como quien haya sido cómplice de tal acción.
2) Me quedaba por librar una batalla épica con mi madre.
3) No iba a dejar de ayudarla.

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